Cien días de cortesía para el nuevo Gobierno de Irak
El pasado 30 de junio se devolvió la soberanía a Irak. Con Ghazi Al Yauar como Presidente, e Iyad Alawi como Primer Ministro, comenzó una nueva etapa transitoria que sugiere tantas incógnitas como esperanzas. El hecho de que sea una soberanía parcial, con la presencia del ejército de los Estados Unidos, y sin el apoyo militar de la ONU, están pulverizando la legitimidad del nuevo Ejecutivo que puede ser visto como continuación del mando americano y objeto de una resistencia nostálgica del régimen de Sadam Husein.
Antonio Asencio/diarioDirecto
Iyad Alawi
El nuevo Gobierno iraquí de Iyad Alawi comenzó su andadura con una grave crisis de legitimidad frente a su pueblo y una situación de violencia complicada –si no imposible- de resolver por medios propios. La sigilosa y escurridiza forma en que se traspasó el poder (por sorpresa, casi sin testigos, y ante la contrariedad del enviado de la ONU, Lajdar Brahimi) más que una devolución de soberanía, por parte estadounidense, suponía una retirada política y una operación de imagen. Con parte de la población iraquí sublevada y un rechazo generalizado hacia la ocupación, y con una opinión pública occidental contraria a la invasión, incluso Colin Powell llegó a afirmar que deberían marcharse si no eran bien recibidos.
Maquillaje político
Bush y Rumsfeld
Conscientes de la importancia de los símbolos en Oriente Medio, y con el horizonte de unas presidenciales a las que Bush quiere concurrir como el “libertador” de Irak más que como su fallido invasor, el Ejecutivo, con un desprestigiado Donald Rumsfeld a la cabeza, diseña una retirada simbólica de su aparato político en Irak.
El análisis geoestratégico es el siguiente: la sublevación tendrá más visos de aplacarse si el poder, y por tanto la represión de la insurgencia, es ordenada por un iraquí (afín a Washington, pero iraquí al fin y al cabo) legitimado y con una soberanía devuelta simbólicamente. Una vez descartados a los suníes Ghazi Al Yauar (que finalmente ocupa la Presidencia) y el díscolo Adnan Pachachi (el mismo que proporcionase información errónea al Pentágono sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak), sólo quedaba el chií Alawi.
Se trataba de evitar o “camuflar” lo que era y es una realidad palpable en las calles: la Guerra de Irak ha ido mucho más allá de ser el derrocamiento de un dictador y un Régimen, y se ha transformado en una guerra de guerrillas, "vietnamizada", de liberación o de resistencia de amplios sectores de la población iraquí, cruzada con enfrentamientos internos de carácter étnico motivados por las luchas de poder lógicas ante la ausencia del mismo.
Testaferro de Washington
Adnan Pachachi
Alawi no engaña a nadie. Aunque nadie en Bagdad ni en Washington reconozca el carácter de “Gobierno testaferro” de los halcones en Irak, lo cierto es que se asume una soberanía sin poderes plenos, con el ejército americano instalado en aquel país y conjurado a la guerra contra el terrorismo de Al Qaeda, que la ocupación ha conseguido generar como recurso útil de la insurgencia.
Alawi ya lo ha anunciado: una Dirección General de Seguridad, dedicada casi exclusivamente a la caza y captura de terroristas, y restauración de la pena de muerte, que compensa con promesas de amnistía para presos políticos que no hubiesen cometido delitos de sangre durante los combates del último año. Alawi pretende así controlar el país e integrar a la oposición (los amplísimos restos del anterior régimen de Sadam).
No va a ser fácil. Un avión norteamericano ha bombardeado supuestas posiciones de la resistencia capitaneada por Abu Musab al Zarqaui, en la ciudad de Faluya, con el resultado de catorce civiles muertos. El ataque, planeado y llevado a cabo por EE.UU., fue autorizado por Alawi. Es sólo un ejemplo más, porque estas acciones son ya casi rutinarias. La población iraquí no percibe la legitimidad de un Gobierno puesto por Washington con la complicidad de la ONU. A corto plazo, el resultado está siendo un importante desarrollo de la actividad terrorista. Los servicios secretos de Bagdad trabajan con datos que apuntan a una resistencia que amalgama a los nostálgicos del régimen de Sadam y a las cada vez más proliferantes células de Al Qaeda en la zona.
Perspectivas de futuro
Atentado en Bagdad
El Ejecutivo de Irak, sagazmente, y después de descartado un envío de tropas multinacionales por parte de la ONU, ha solicitado ayuda a países árabes, evitándose así la esquizofrenia que supone tener un Ejecutivo iraquí que ejerce su política de seguridad sirviéndose del Ejército norteamericano, visto como invasor y represor. Hasta la creación de un Estado fuerte, parecería una opción deseable. Pero los países árabes no quieren dar otra excusa al islamismo radical de Al Qaeda, que sin duda yace más o menos latente en sus sociedades, al alinearse con las posiciones de Washington y Bagdad.
Por el momento, las cosas seguirán así. Alawi tiene una misión: controlar y pacificar el país, aunque sea por la "vía dura". De que lo consiga y sepa jugar el complicado póker de poderes que supone la presencia y la herencia de los Estados Unidos, los diferentes clanes étnicos, cargándose de legitimidad y encontrando vías para integrar a la oposición y configurar un proyecto de Estado (y aquí la expresión “concentración nacional” adquiere su pleno sentido) dependerá que las próximas elecciones en Irak sean viables o se conviertan en una amenaza mediante la cual, el anterior Régimen, si no algo peor, se vuelva a hacer con el poder, votado por una amplia mayoría desilusionada y nostálgica de tiempos más tranquilos.