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Un comunista
Rafael Torres
23/07/2004
Me parece que no nos hemos percatado todavía de la magnitud de la pérdida: con Antonio Gades se nos va un hombre libre. Es más; un español libre. Con lo que escasea esa especie. Y con lo necesaria que es.
Claro que era un bailarían ilustre e ilustrado, un cuerpo enjuto al servicio del arte y de la belleza, un hombre de su tiempo y un navegante solitario, pero por encima de eso, o a consecuencia de todo eso precisamente, fue un grande y nobilísimo revolucionario, si bien su ansia de transformación y mejoramiento del mundo, su fervor por la Justicia y la igualdad, tomó la forma exótica del comunismo, circunstancia tanto más peregrina cuanto el materialismo dialéctico, la dictadura del proletariado y el marxismo-leninismo reales eran tan antagónicos, en el fondo, a su persona, tan independiente en todo y tan liberal. Pero aquí conviene, en todo caso, diferenciar entre el comunismo, esa doctrina política de tan insufribles resultados en la práctica, y los comunistas, cuando menos aquellos que acreditaron su hombría de bien y su coraje idealista en la lucha contra la explotación de los trabajadores, de tal suerte que se puede entender bien que un hombre como Gades, sensible, leal a sus raíces y comprometido con el tiempo y el mundo que le tocó vivir, fuera comunista y lo fuera, además, hasta el último aliento de su vida. Y, sin necesidad de ser uno comunista, no sólo puede entenderse, sino admirarlo también, pues el valor de un hombre no se cifra en su éxito, sino en el heroico fracaso que supone haber perseverado sin desmayo en una lucha que se sabe imposible, la del ser humano por su felicidad.
En un país donde muchos artistas temen pensar, y no digamos expresar sus ideas políticas, por miedo a perder contratos, qué gran lección la de este Gades comunista, que pasó por la vida bailando, amando, navegando
OTR/PRESS
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