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Culebrones veraniegos

Fernando Bernácer

19/07/2004

El Fiscal Jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño, y el ex presidente del Gobierno, José María Aznar, se han empeñado en protagonizar las primeras planas de la información política de este fin de semana de verano que, como todas por estas fechas, suele ser bastante escasa. Uno que alardea de ignorante y otro de sabelotodo (fingiendo en ambos casos) han conseguido una vez más que una tragedia para España como fueron los atentados del 11-M se convierta en motivo de chiste, para descrédito de nuestros representantes públicos.

El más grave es el caso de Fungairiño, que ocupa uno de los puestos más representativos de nuestra Democracia, y que simuló un profundo desconocimiento del sumario del 11-M. El Fiscal Jefe de la Audiencia Nacional se ha situado por encima del bien y del mal al permitirse el lujo de mentir al Parlamento, que es lo mismo que mentir a todos los españoles, representados en los diputados que integran la Comisión del 11-M. Decir que no lee los periódicos "por higiene mental" y que sólo ve en televisión "los documentales de la BBC" (una de las primeras cadenas que negó la autoría de ETA en los atentados) es una burla que merece, por lo menos, una disculpa. Por no hablar de cargos contra quien ha faltado a la verdad, como ha quedado demostrado por la fiscal Olga Sánchez, que ha remitido a Fungairiño información pormenorizada sobre el 11-M desde el primer momento.

El caso de Aznar ya lo hemos vivido con Felipe González. Es el síndrome del ex presidente del Gobierno, que aprovecha su ausencia en los puestos de poder para orinar, perdón, opinar fuera del tiesto. Un síndrome que todos debemos superar. Los primeros, los medios de comunicación, que tendemos a hacer doctrina de las palabras de alguien que fue pero que ya no es. También debe liberarse de esa presión el propio Gobierno. Algo que intenta con éxito el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que sólo se limita a subrayar las contradicciones entre el discurso de Aznar y el del actual líder del Partido Popular, Mariano Rajoy. La misma oposición debe entender que las opiniones de Aznar ya no valen a un partido como el PP, que está en condiciones de ganar unas elecciones, cuando fue el alineamiento del ex presidente con Estados Unidos y Reino Unido en la guerra de Irak una de las causas de la derrota.

Lo que sí está claro es que la Comisión de investigación de los atentados del 11 de Marzo se está convirtiendo en un desfile de títeres cada vez con menos interés. Los micrófonos de los periodistas comienzan a abandonar el interior del salón de comparecencias y buscan reacciones en la sala de prensa del Congreso, donde prolifera la palabrería y la crítica destructiva. Es decir, el corte, el total o la cita que luego aparece en el encabezamiento de cualquier información periodística.

También se confirma que las comisiones de investigación son los temas políticos veraniegos por excelencia. ¿Se acuerda de las maratonianas sesiones del año pasado en la Asamblea de Madrid? Ya no sólo las comparecencias de Tamayo y Sáez, toda la Comisión en sí fue líder de audiencia en la cadena pública Telemadrid durante esas semanas, a pesar de sus escasos resultados prácticos. O la Comisión de Gescartera el año anterior. En el Congreso de los Diputados se observa todos los veranos un interés sin par por convocar la Diputación Permanente, el órgano de representación del Parlamento entre periodos de sesiones. Da la impresión de que los diputados se esfuerzan más en dar protagonismo al Legislativo cuando debe estar de vacaciones. Al contrario, en tiempo de trabajo, nos encontramos con debates de mociones que deben ser suspendidos porque no hay diputados suficientes, ya que están viendo un partido de fútbol, como ocurrió el día en el que se jugó el España-Grecia de la Eurocopa.

Mejor sería que el debate político durante el verano se centrara en explorar las vías para reducir los accidentes de tráfico, que se han cobrado la vida de más de 30 personas este fin de semana. O en atisbar propuestas de solución para evitar la extensión del SIDA en los países pobres, como nos han contado desde la Conferencia de Bagkok la semana pasada. O en indagar por qué hay 35.000 personas que duermen en la calle en nuestro país. Pero de eso, por imposible, huye nuestro debate político.

 


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