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Demagogia cultural
Doménico Chiappe
21/07/04
El que tiene veinte euros para comprar un libro, tiene veintiuno, y no lo dejará de comprar por tan mínima diferencia. El que tiene diecisiete euros para un disco, lo mismo. Tres euros más, tres menos, no hará que se llevé dos en vez de uno. Así que la demagogia que la ministra de Cultura, Carmen Calvo, hace con la derogación del IVA, como incentivo a la cultura es injustificable, insultante. Sobre todo porque se promete como la panacea a una industria que agoniza por sus propios males y mafias, como la discográfica.
No es un favor, entonces, el que se le hace al consumidor, ni al creador, ni al artista. Sólo se favorece a una empresa de prácticas asfixiantes para la competencia. En el mercado discográfico hay una expresión, la del “disco que nace muerto”, es decir, sin una inversión millonaria (en pesetas). El promotor tiene que desembolsar miles de euros en “colocar” su 'single' en la radio. Para los incautos, la radio sólo pone lo que cobra, como si la música fuera una cuña publicitaria, con tarifas especiales. Si se escucha siete veces al día, es un “disco rojo” y puede requerir un pago de cuarenta mil euros al mes. La etiqueta azul contempla que la canción suene cinco veces al día; la verde, tres; la negra, una vez. El que no paga, no suena, ni siquiera porque tenga amigos trabajando en la emisora.
Un artista independiente, una pequeña discográfica, no posee ese dinero. El espacio público queda controlado por las transnacionales, que imponen a Britney Spears y a Alejandro Sanz (que asegura que no vende su voz, pero que no se queja de la apabullante mercadotecnia que ejerce su sello). Entonces, parte del pago de los compradores de discos se dirige a una campaña dedicada a perpetrar un sistema dictatorial dentro de los medios de comunicación. Porque también están tarifados los videos de los 40 Principales, por decir un ejemplo.
¿Acaso, señora Calvo, esta industria merece ser protegida? ¿Por qué no, mejor, dedicar la recaudación del IVA discográfico a incentivar a los músicos locales, a los talentos que tienen las puertas cerradas, a liberar los espacios radiales de estas prácticas? Una manera es aumentar los conciertos gratuitos con artistas locales, que divulgarán su música y agradecerán el pago de sus tarifas. Otro, la construcción de anfiteatros con capacidad media (que no existe, aunque parezca increíble, en la ciudad de Madrid).
La industria discográfica se queja: la piratería, dice, es la culpable de que hayan caído sus ventas. Peligran puestos de trabajo. Pero hay estudios, poco divulgados, que demuestran que no es tan cierta esta premisa. Hay otros factores: el mercado se amplió con la reedición en CD de viejos éxitos. Estas ventas, después de tantos años, se agotaron como era previsible.
Por otra parte, no se puede despreciar al público, ni siquiera al juvenil, eternamente. En algún momento la gente se harta de los pésimos productos que se editan. Por algo la venta de singles por internet se ha disparado, en detrimento de todo el larga duración con doce o catorce canciones.
Y, por último, el video juego ha desplazado a la música en las preferencias de los consumidores: 800 millones de euros de venta sólo el año pasado en España, frente a los 530 millones de euros de la industria discográfica. Y también vemos el rostro de Lara Croft adornando el top manta. Mientras uno aumenta su ritmo en doce por ciento, el otro desciende ocho por ciento.
Algo parecido ha pasado con la industria editorial. Gerentes y autores mediáticos también elevan su queja: se publican demasiados libros. Tal vez quisieran un poder similar al que las discográficas tienen en las radios. Que los libros que se pueden comprar no los decida el lector en el mostrador de la librería, sino el publicista de Planeta, por ejemplo. Y como no pueden achacar al top-manta el descenso de ventas en toda Latinoamérica, donde se obtiene más de la mitad de los dividendos, han sido más rápidos en encontrar una verdadera solución: contratar mejor literatura.
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